¡Me he mudado! Redirigiendo...

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09 marzo 2007

La nieve



Lo bueno de estar lejos de casa es que hasta lo más cotidiano tiene un cierto halo de magia, de cosa que parecía que sólo pasaba en la tele. Y aunque esta sea la segunda visita y ya me conozca bastantes cosas de este sitio tan curioso y tan interesante, aún sigue habiendo algunas que me llaman la atención. Una de ellas, desde luego, es la nieve. Aunque ya había estado en la nieve en una excursión que hicimos a Sierra Nevada, ha sido aquí cuando la he visto en las calles, fastidiando y haciendo hermosa a partes iguales la vida cotidiana. Igual que ha sido aquí donde he visto nevar por primera vez, una nevada de esas que duran horas, que ya han empezado cuando te levantas y que te hacen caminar por entre un paisaje teñido de blanco, y que al final del día han dejado cinco centímetros de firma helada en aquellos lugares que no tienen la vigilancia de nadie que los libere de la misma.



Hay una historia que me gusta mucho contar. Estaba yo en una de esas indefinibles tiendas de barrio, hará ya como diez años. Plena época de sequía, esa tan tremenda que hubo alrededor del 95. Diciembre. Esas navidades en las que por fin el cielo se abrió y dejó caer de golpe toda el agua que nos había negado durante tres años. Y vaya que se abrió: frente al escaparate de la tienda, el agua descargaba su furia sobre el asfalto como si quisiese arañar la calle en vez de caer sobre ella. Y, contemplándolo todo, allí estaba él, apoyado en el quicio de la puerta: un niño de dos años a lo sumo, con los ojos abiertos como platos y con el chupete caído de la boca abierta, mirando el espectáculo aterrador que tenía delante. "Míralo embobaíto", decía alguna de las vecinas que marujeaban por la tienda. "Claro, si es que no ha visto llover en la vida..."



El niño, inevitablemente, ya será un hombrecito. Habrá crecido con multitud de tardes lluviosas y habrá olvidado que hubo una vez, cuando apenas levantaba dos palmos del suelo, en el que la lluvia le parecía algo tan milagroso como una aparición divina. La lluvia que aquel día le hipnotizaba será ahora algo tan natural para él como la salida del sol o ligotear en discotecas de quinceañeros. Siempre que recuerdo ese día me doy cuenta de que hay una fina línea que separa aquello que nos resulta completamente natural de aquello que en cierto modo nos es extraño: para el primer grupo de cosas, nos resulta imposible recordar cuál es la primera vez en que las vivimos. Igual que uno no olvida dónde y cuándo fue su primer beso, no creo que haya mucha gente que recuerde cuál fue la primera vez que vio un semáforo, o el color rojo, o que pudo leer un cartel o hacer una suma. Son saberes que parece que nos acompañan desde siempre, aunque sabemos que seguro que hubo algún momento de nuestras vidas en el que nos resultaban totalmente ajenos.



Yo, por suerte o por desgracia, nunca podré decir lo mismo de la nieve: por mucho que crezca, y aunque me mude a un hogar entre montañas donde caigan más copos de nieve que rayos de sol, jamás podré olvidar que la primera nevada la he visto con veintiseis años. Así que supongo que la nieve siempre tendrá algo de seductor para mi, esa pátina mágica de la que os hablaba: esa que sólo pueden tener las cosas que sabes que existen por las enciclopedias, pero acerca de las cuáles llevas intrigado por cómo serían en realidad más de media vida.



Eso sí, por si acaso, estoy tratando de recuperar el tiempo perdido. Esta tarde, mientras volvía caminando a mi hogar postizo, encontré una zona del camino llena de nieve blanda, no convertida en placas de hielo: nieve que se podía coger con los dedos, sobre la que se podía dibujar. Cogí un puñadito e hice ademán de tirarlo. No funcionó; se deshizo por el camino. Así que me puse los guantes, recogí otro puñadito, lo apreté entre las manos para que cogiese consistencia y, esta vez sí, lo lancé satisfactoriamente por encima de la valla de NIST. Así que ya puedo decir, como si de un niño tirolés se tratase que he tirado una bola de nieve. Lo siento por el pobre árbol al que le di, que pasaba por allí tranquilamente, pero no tenía a mano a nadie a quien pegarle el bolazo. Ya llegará el día, tampoco voy a empezar por el nivel 2 directamente...



Un abrazo a todos y no me olvido de los posts, los comentarios y los sueños que os debo. Suerte a Puri en su nuevo curro, a Nietzche en su nueva ocupación, a Sonámbula con sus ataques (seguro que transitorios) de mamitis, a DarthIA con su habilitación (si algunos en este el país se dedicaran a hacer bien su labor y no a montar espectáculos bochornosos, probablemente nos iría mejor a todos), y a mi hermano Dr. Evil, bienvenido de vuelta al desierto de lo real a casa.

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03 marzo 2007

Dirección Oeste

Viajar hacia el oeste en un vuelo transoceánico es una experiencia curiosa. Uno se monta en el avión y experimenta algo parecido a la animación suspendida. El tiempo avanza, pero la luz apenas varía, en un aparente desafío a la lógica y a la biología. A más de tres kilómetros de altura y moviéndose a casi mil a la hora en contra de la rotación de la Tierra, el avión se desliza, muy arriba, sobre una manta de nubes que, cuando es lo suficientemente sólida, se asemeja a un paisaje polar. Mientras tanto, tienes ante tí una grandiosa puesta de sol que se mide por horas en vez de por minutos. Mi vuelo duró poco más de ocho horas y aterricé en un sitio con seis horas menos, así que simplificando podríamos decir que el reloj solar va cuatro veces más lentamente de lo que uno espera: esa es la base de la paradoja, por un lado tu cuerpo tirándote hacia el sueño y por otro la luz diciéndote que deberías estar completamente alerta.

Salí de Frankfurt a las cinco de la tarde hora europea. Como cinco o seis horas después me encontraba sobrevolando Canadá, ya que el viaje te lleva, además de sobre el Reino Unido y sobre una larga zona de océano, por el cielo de la costa este de Canadá. En aquel momento tuve la suerte de que, por primera vez en prácticamente todo el viaje, me libré de la densa capa de nubes que me había acompañado desde Alemania. Por debajo de mí, desde la confortable atalaya que era mi asiento de ventanilla (difícil de conseguir en un avión donde hay nueve asientos por fila), se extendía calmado el grandioso espectáculo del suelo de Nueva Escocia, un paisaje nevado salpicado por pequeños focos rojizos de luz incandescente.

Canadá es uno de los países con menor densidad de población del mundo: ni siquiera está entre los doscientos primeros. Estados Unidos es el número 172 en esa lista. Desde mi ventanilla era fácil comprender por qué. Extensiones de terreno que abarcaban hasta donde llegaba la vista aparecían parcheadas de bosque, piedra y nieve, como un ajedrez estirado de forma surrealista. De vez en cuando, un punto solitario recordaba que alguien vivía allí, como en una isla desierta en la que sólo queda el farero. En Europa estamos acostumbrados a las ciudades grandes, a las aglomeraciones, a no entender la vida sin muchos vecinos, a la geometría más o menos distorsionada de las calles que se entrecruzan y que, de noche, dibujan con sus farolas cuadrículas o telas de araña. América del Norte es diferente: las casas en serpenteantes hileras giran sobre sí mismas, como si tratasen de esconderse de las que les rodean, y son pequeñas gotas iluminadas dentro de un vasto océano salvaje. Era sencillo imaginarse allá abajo, con la nieve golpeando en los ventanales, asomándose a la puerta cubierto por un abrigo, con la silueta de un alce reflejándose en un lago casi helado, emborrachado por el poderoso espectáculo de la naturaleza y su hermosura.

Mientras veía cómo el suelo me contaba una historia (cada vez más al sur, cada vez un poco menos de nieve, ocasionalmente un par de calles grandes reconocibles con casas pegadas, pero siempre con villas y pequeños grupos de casitas como los únicos bastiones de presencia humana, y muy raramente, casi por accidente, algo lejanamente parecido a una ciudad) recordé que no era la primera vez que veía algo parecido. Hace ya bastante tiempo, saqué de algún sitio un montón de mapas del continente africano, hechos para moteros: supongo que hay gente a la que no le importa romperse la crisma tratando de emular a los pilotos del Dakar. Los nombres estaban en ruso, así que era divertido tratar de adivinar, descifrando los caracteres cirílicos, cuáles eran las ciudades grandes que aparecían muy ocasionalmente y que evocaban aventuras dignas de películas de los cincuenta. Pero no era eso lo que más me fascinaba: lo que me gustaba era tomar al azar alguna hoja, quizá de la zona del Sáhara, en la que todo estaba desierto salvo por unos pocos cuadraditos negros que representaban chozas, unidos entre sí por largas carreteras, y pensar en cómo sería aparecer, sudoroso y triunfante tras varias horas de camino, en uno de esos sitios al azar montado sobre una moto de arena.

Nosotros, que vivimos junto a más de un millón de personas en un hervidero de actividad, raras veces nos detenemos a pensar en que hay otra forma de vivir, a la africana si queréis: con comunidades donde se pueden contar las familias con los dedos de una mano y donde el grupo más próximo está a varios días por un camino lleno de baches y de curvas. Una forma de vivir en la que no se pisa sobre asfalto, sino sobre tierra, y donde la subsistencia depende de ser uno con lo que te rodea, de alcanzar una comunión casi espiritual con el entorno. Mientras sobrevolaba Canadá y el norte de Estados Unidos de camino a Washington, tuve la sensación de que esa misma filosofía resuena en la forma americana de entender el territorio. Sé que es difícil hablar de espiritualidad cuando una casa cuesta un ojo de la cara, cuando vivir en uno de estos pequeños oasis americanos que son los suburbs exige perder dos horas al día en ir y volver del trabajo y te hace un esclavo del coche hasta para ir a por pan, y cuando la mayoría de la gente lo hace no por convencimiento ni por la búsqueda de una razón ulterior, sino porque es lo que hace todo el mundo que tiene un cierto estatus. Pero aquí, en Gaithersburg, en este conglomerado de casas de más de un millón de dólares, en el que un policía del condado hace rondas por la noche y donde te pueden dejar los paquetes en la calle sin temor a que nadie te los robe, también hay espacio para la serenidad. Aunque en la puerta principal de la casa haya otras treinta a cual más pretenciosa, en una calle llena de coches caros y en la que siempre hay algún vecino danzando, uno puede irse al otro lado de la casa. Desde la ventana de la cocina se ve un bosque, con zorros, ciervos y pájaros. Desde mi ventana, la nieve que todavía queda salpica todo el terreno a los pies de los árboles calvos. Y la civilización se pierde como un sueño confuso. Asomado, apenas dos pasos fuera de la casa, uno puede sentir por un momento que está completamente a solas, como nuestros hermanos de la aldea africana o el canadiense de la casa frente al lago, como una gota diluyéndose en el río entusiasta de la vida.

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